
Esa minúscula taberna no tiene nombre, su dueño tampoco. Sin embargo, en el barrio de Shinjuku, todo el mundo los conoce. Abierta desde las doce de la noche hasta las siete de la madrugada, acoge a los noctámbulos de Tokio: boxeadores, prostitutas, actores porno, policías y yakuzas acaban allí para tomar sake, caldo, ramen o sopa de miso, según lo que haya en la cocina. Cada plato da lugar a un encuentro, una historia. Si en El gourmet solitario, de Taniguchi y Kusumi, la comida se disfruta en solitario y en silencio, en el manga de Abe sirve para romper el hielo, para desatar el diálogo entre los urbanitas acostumbrados a callarse y a mirarse los zapatos. Entre salsa de soja y algas secas nacen anécdotas, risas y confidencias. La cantina de medianoche es un éxito en Japón, donde se han producido dos películas basadas en el manga, que también tiene serie televisiva en Netflix, con el título Midnight Diner: Tokyo Stories. Además, el segundo tomo de La cantina de medianoche formó parte de los “esenciales” del Festival Internacional de Cómic de Angoulême de 2019.

El autor de La cantina de medianoche recrea su infancia y su relación con su padre, un personaje excéntrico en una obra llena de humor y ternura. Makoto es un niño tímido, patoso y debilucho, que se pasa todo el año resfriado y que trata de adaptarse y encontrar su sitio. Es un zote en los deportes, pero le gusta dibujar. Su padre, un personaje excéntrico y vacilón, le llama “blandengue” por ser delicado y torpón, pero en realidad ambos comparten cierta torpeza natural. Yaro Abe, el autor de La cantina de medianoche, recrea aspectos de su propia infancia en esta obra en la que rememora en especial la relación con su padre, un personaje peculiar que solía llevar pantalones bombachos hechos a medida -cuando no andaba por casa en simples calzoncillos- y con el que tenía un vínculo muy fuerte. Pequeñas anécdotas llenas de ternura, humor y agudeza que dejan con el corazón en un puño.